
El día de Camila empieza antes de que suene la alarma. A las 5:45 a. m., su celular vibra sobre la mesa de noche.
No es una llamada urgente ni un mensaje importante; es una notificación más. Sin abrir completamente los ojos, estira la mano y revisa la pantalla: correos, mensajes, recordatorios. El día aún no comienza, pero su mente ya está en marcha.
Tiene 31 años, lleva una década trabajando en la misma empresa y, aunque ha crecido profesionalmente, hay algo que siente que se le escapa: la calma.
Vive con su madre en un apartamento donde las mañanas suelen ser silenciosas. Mientras el café se prepara, intenta no mirar el celular. A veces lo logra; a veces no. Se ha prometido muchas veces empezar el día de otra manera: sin pantallas, con respiración consciente, tal vez unos minutos de meditación. Pero la rutina pesa, y el hábito de revisar “solo un momento” termina robándole ese espacio.
Su jornada laboral transcurre entre reuniones, correos y pendientes que no terminan.
Camila es eficiente, organizada y comprometida. Sus compañeros la ven como alguien que tiene todo bajo control. Lo que no ven es el cansancio que se acumula en los pequeños silencios, en esos minutos entre tarea y tarea en los que siente que necesita parar, pero no sabe cómo.
En los últimos meses, ha intentado acercarse a prácticas que le ayuden a encontrar equilibrio. Ha probado hacer deporte, ha descargado aplicaciones de meditación e incluso ha comprado un libro sobre crecimiento personal que aún no termina. No es falta de interés, sino de constancia. Entre el trabajo y las responsabilidades diarias, le cuesta sostener esos nuevos hábitos.
Por las noches, la historia se repite. Se dice que va a dormir temprano, que dejará el celular a un lado, que se dará un espacio para ella. Pero la pantalla vuelve a encenderse: redes sociales, videos cortos y conversaciones que llenan el silencio. Cuando finalmente apaga la luz, siente que el día pasó sin haber tenido un momento real de conexión consigo misma.
Hay días en los que logra pequeños avances:
deja el celular en otra habitación, respira profundo, organiza su espacio y enciende una vela. Son gestos simples que le recuerdan que el cambio no es inmediato, sino paso a paso.
Como afirma Marian Rojas Estapé, “una mente en calma puede tomar mejores decisiones”. Y quizás, en esos pequeños momentos de pausa, Camila empieza a acercarse a lo que tanto está buscando.
Al final, su historia no es solo la de una rutina exigente, sino la de una búsqueda constante por vivir mejor. Comprende que el equilibrio no es un estado perfecto, sino un proceso diario.
En ese camino, también ha descubierto el valor de no hacerlo sola. Ser parte de una comunidad como Coomeva le permite acceder a beneficios que apoyan su bienestar: actividades de recreación, Medicina Prepagada y alternativas de ahorro en Bancoomeva. A sus 31 años, estos apoyos representan tranquilidad y seguridad para construir una vida más equilibrada.
