Había una alcancía en mi cuarto cuando era niña. Cada vez que mi mama me daba una moneda, sentía el placer de escucharla caer y el orgullo de saber que estaba guardando algo para después. Esa sensación simple me enseño más sobre el dinero que cualquier clase en el colegio.
Es una herramienta pedagógica que le permite a los niños vivir en carne propia el hábito del ahorro, ver como su dinero crece y aprender que las metas grandes se construyen con pasos pequeños y constantes.
Según la OCDE, los hábitos financieros se forman antes de los doce años, lo que hace que la educación económica temprana sea determinante para el bienestar futuro.
En casa lo convertimos en un juego con propósito:
mi hija ahorra una parte de su mesada cada semana. Al principio fue difícil, el helado siempre parecía más atractivo que la meta. Pero cuando vio que había acumulado lo suficiente para comprar el libro que quería, el aprendizaje se volvió real y motivador.
Hablar de dinero con los hijos no es quitarles la infancia; es darles una herramienta para vivir mejor. Y hacerlo con el respaldo de Coomeva nos da la confianza de que estamos construyendo su futuro sobre una base sólida.

