Durante mucho tiempo pensé que "equilibrio entre trabajo y familia" significaba tener las dos cosas resueltas al mismo tiempo, sin fricciones.
Con los años entendí que ese equilibrio perfecto no existe, y que perseguirlo solo genera más culpa. Lo que sí existe es un equilibrio real: uno que se ajusta todos los días, que a veces se inclina más hacia el trabajo y otras veces más hacia el hogar, y que está bien que así sea.
Trabajar, y al mismo tiempo criar a un hijo, me obligó a replantear cómo entiendo la productividad.
Aprendí que estar "presente" con mi hijo no siempre significa estar disponible las 24 horas, sino estar realmente ahí en los momentos que sí tengo.
La investigadora Brigid Schulte, autora de estudios sobre el uso del tiempo en la vida moderna, plantea que la sensación de "no tener tiempo" afecta más el bienestar de los padres que la cantidad real de horas que pasan con sus hijos (Schulte, Overwhelmed: Work, Love, and Play When No One Has the Time, 2014).
Esa idea me cambió la forma de organizarme: dejé de medir mi maternidad en horas y empecé a medirla en calidad de atención.
Ahí es donde valoro más ser asociada de una cooperativa.
El modelo cooperativo se construyó sobre la idea de que el bienestar familiar no es un asunto individual, sino algo que se fortalece en comunidad (Organización Internacional del Trabajo, Cooperativas y el mundo del trabajo, 2015).
Cuando una organización pone al centro el bienestar de las familias de sus asociados, no solo mejora la vida en casa, también mejora la manera en que uno rinde en el trabajo.
Si eres mamá o papá y sientes que estás corriendo todo el tiempo detrás del equilibrio perfecto, mi invitación es a que sueltes esa exigencia y busques apoyo real. Vale la pena revisar los beneficios que tiene Coomeva enfocados en familia y hogar: desde recreación hasta programas pensados para acompañar a los asociados en las distintas etapas de la vida familiar. A veces el respiro que necesitas ya existe, solo falta conocerlo.

