Cuando mi hija cumplió tres años, el mundo se le abrió de par en par. Preguntaba por todo: ¿por qué el cielo es azul?, ¿cómo nacen los pajaritos?, ¿qué es esto?, ¿por qué hay que dormir? Cada pregunta era una puerta, y yo tenía que decidir si la abría con paciencia o la cerraba con un "después te explico".

Ser parte activa del aprendizaje de una niña de tres años es uno de los desafíos más hermosos y agotadores de la crianza. A esta edad, el cerebro infantil está en su pico máximo de plasticidad neuronal: aprende a un ritmo que no se volverá a repetir en la vida. Según la neurociencia del desarrollo, entre los dos y los cinco años se forman las conexiones neuronales fundamentales para el lenguaje, la lógica y la creatividad. Por eso para este momento de sus vidas, son unas esponjitas, dispuestas a aprender todo lo que puedan.
El primer desafío que enfrentamos fue el tiempo.
Con trabajo, hogar y vida familiar, encontrar momentos de calidad para aprender juntos parecía imposible. La solución no fue crear horarios rígidos, sino convertir el día a día en un aula: el mercado se convirtió en una clase de colores y cantidades, el baño en un espacio para aprender sobre el cuerpo, el camino al parque en un recorrido de observación.
El segundo desafío fue no comparar.
Cada niño tiene su propio ritmo. Aprender a leer temprano no lo hace más inteligente; aprender a gestionar sus emociones si lo hace más capaz. Me enfoque en estimular su curiosidad, su autonomía y su amor por aprender, no en resultados inmediatos.
Coomeva me ha dado acceso a recursos y comunidad para acompañarla mejor en esta etapa. No estoy sola en este camino, y eso hace toda la diferencia.
