El estrés suele percibirse como algo negativo, pero no siempre lo es. En ciertas dosis, puede ser un motor que impulsa la acción, la concentración y el rendimiento. El problema aparece cuando ese estado de alerta se mantiene por demasiado tiempo y deja de ser útil. Reconocer la diferencia entre el estrés funcional y el estrés crónico es clave para proteger el bienestar emocional y físico.

El estrés funcional es una respuesta natural ante retos puntuales. Aparece antes de una presentación importante, una decisión relevante o un cambio significativo. En estos momentos, el cuerpo se activa, la mente se enfoca y se movilizan recursos para enfrentar la situación.
Este tipo de estrés es temporal. Una vez pasa el reto, el cuerpo vuelve a su estado de
equilibrio. Bien gestionado, ayuda a mejorar el desempeño y a adaptarse a nuevas
exigencias.
El estrés crónico surge cuando el estado de alerta se mantiene de forma constante. Las preocupaciones no desaparecen, el descanso no es reparador y la sensación de presión se vuelve parte de la rutina.
Entre las señales más comunes se encuentran el cansancio persistente, la irritabilidad, la
dificultad para concentrarse y la sensación de no llegar a todo. A largo plazo, este tipo de
estrés puede afectar la salud emocional, las relaciones personales y el desempeño diario.
Una forma de diferenciar ambos tipos de estrés es observar la duración y el impacto en la vida cotidiana. Si el estrés impulsa a actuar y luego desaparece, suele ser funcional. Si, por el contrario, se mantiene incluso en momentos de descanso y genera malestar constante, es una señal de alerta.
También es importante evaluar si existen espacios reales de recuperación. La ausencia de
pausas, desconexión o disfrute indica que el estrés ha dejado de cumplir una función
positiva.
Reducir el estrés crónico no implica eliminar responsabilidades, sino aprender a gestionarlas mejor. Establecer límites, priorizar tareas y crear rutinas de descanso ayuda a disminuir la sobrecarga.
Incorporar actividades recreativas, movimiento físico y momentos de desconexión favorece
la regulación emocional y permite que el cuerpo recupere su equilibrio natural.

Ignorar las señales del estrés prolongado puede normalizar el malestar. En cambio, prestar atención a lo que el cuerpo y la mente comunican permite hacer ajustes antes de que el desgaste sea mayor.
Contar con orientación, espacios de bienestar y programas enfocados en la prevención
facilita identificar estas señales y actuar de manera oportuna. A través de iniciativas orientadas al cuidado integral, Coomeva promueve el equilibrio emocional, el autocuidado
y hábitos que contribuyen a una vida más saludable y consciente.
Referencias
1. Organización Mundial de la Salud. (2020). Stress and health.
2. American Psychological Association. (2022). Understanding chronic stress.