Cuando mi hija tenía apenas dos años, recuerdo haberme preguntado: ¿estoy haciendo lo suficiente? Esa pregunta me acompañó mucho tiempo, hasta que entendí que educar no es solo llevar a los niños al jardín, sino construir con ellos, desde el hogar, la persona que van a ser en el mañana.
Soy Isabel,
llevo cinco años siendo asociada a Coomeva, y uno de los aprendizajes más grandes que me ha dejado esta comunidad es que la educación es una inversión de vida, no un gasto.
Los primeros años de vida de un niño son determinantes: entre el nacimiento y los seis años se forman hasta el 90% de las conexiones cerebrales que definirán sus habilidades cognitivas, emocionales y sociales.
Eso me hizo actuar. Empecé a leerle cuentos antes de dormir, a jugar con bloques para estimular su pensamiento lógico, a enseñarle a identificar colores, a nombrarlo todo en casa como si fuera una clase permanente. No necesité grandes recursos, solo intención, constancia y amor.

También entendí que la educación emocional es tan importante como la académica. Enseñarle a mi hija a nombrar lo que siente, a pedir ayuda, a resolver conflictos con palabras, fue una de las mejores decisiones que tomé. Los niños que desarrollan inteligencia emocional desde pequeños tienen mejores relaciones y mayor resiliencia en la vida adulta.
Coomeva me ha acompañado en este camino con recursos, talleres y una comunidad de familias que comparten los mismos valores. Formar parte de esta cooperativa me recuerda que educar también es un acto colectivo y que si se construye en conjunto podemos aprender de otros como mejorar desde el amor y enseñanza nuestro hogar.
Si eres papá o mamá y aún sientes que no sabes por dónde empezar, te digo algo: el mejor momento es hoy. Cada historia contada, cada pregunta respondida con paciencia, cada abrazo dado a tiempo es educación en su forma más pura.